Hacer campaña es divino, gobernar es humano

En esta Catamarca castigada y burlada desde hace décadas por los privilegiados que integran su bienvivida clase política, un simple acontecimiento divide las aguas y los tiempos de la historia en un «antes y después» tan distinto como el día y la noche.

Ese acontecimiento son las elecciones, ya que todo, el aire que se respira, la circulación de dinero, la simpatía y la vida misma en esta provincia, depende de qué lado de la línea estemos.

Basta con ver los titulares de los medios y las caras de la gente dos meses antes y dos meses después del famoso día en que se vota. ¡Qué cambio! Son dos mundos diferentes.

Los políticos que bailan y cantan, y caminan los barrios, y sonríen y escuchan a todo el mundo, se recluyen en sus cuevas con mozos, choferes, asistentes y aire acondicionado. Y la gente que ilusamente los acompañaba y repartía volantes sintiéndose parte «del proyecto», queda en la vereda golpeando puertas o tiene que salir a cortar calles.

«Vuelve el rico a su riqueza y vuelve el pobre a su pobreza», cantaba el Nano Serrat describiendo el final de la fiesta, que en Catamarca son las elecciones. Pasa la euforia y todo sigue como antes, o peor. Los pagos prometidos andá a reclamarlos a Magoya, los que ganan desaparecen y los que pierden también.

Pero no es la única diferencia. Los divinos candidatos que saben todo, que entienden todos los problemas, que tienen la solución en mano para todo, empiezan a gobernar y pierden los superpoderes, de repente no saben ni cómo se abre la puerta de la heladera. Lucen su ineptitud bajo todos los faroles, pero no dan el brazo a torcer, y rápidamente explican que la culpa es del que se fue.

En campaña nos hablan de turismo, de desarrollo, de digitalización, de tecnologías, y en el gobierno caen cuatro gotas y se inundan las calles, sale el sol y se corta el agua, tenemos menos turismo que Irak y cuando viene alguien el que paga todo es el Estado, como con la «joda» del Congreso Mariano, que le va a servir a la Iglesia Católica para gastar millones y millones del erario público a modo de «ofrenda involuntaria» de los contribuyentes.

En campaña todos estaban tan preocupados que ni podían dormir por la droga y las adicciones. Ahora que cada uno se arregle como pueda, a nadie le importa el tema, están todos preocupados en aparecer en alguna fotito con el funcionario de turno.

Cinco minutos en un bar del centro y se presentan pidiendo ayuda una docena de adultos y niños mendigos, vendedores de estampitas, de lapiceras, de encendedores, de fotocopias que hablan de operaciones urgentes y discapacidades. Gente que no tiene nada y sale a pedir ayuda a los que al menos pueden pagar el café con leche y la tortilla. Son cientos, en cada cuadra y en cada esquina, a toda hora, en la provincia donde nos hablan de los miles de trillones de la megaminería y lo felices que seremos todos porque ahora sí nos hacemos ricos de verdad con Agua Rica, no como con Alumbrera que era de mentirita.

En esta Catamarca una señora asume la intendencia del segundo distrito más grande la provincia y dice sin pudor que no tiene plata para pagar los sueldos, y que el malo es el que se fue porque nombró mucha gente y se gastó la plata. Y nadie tiene como pagar, pero tienen como pegar, entonces mandan las fuerzas de seguridad a apalear a los que protestan.

Y los demás se acomodan en sus cargos y se apuran a cobrar el nuevo sueldo, sin respuestas para nadie más. Para la clase política la elección ganada es el objetivo cumplido, la meta alcanzada, después no importa lo que pase. Al intendente lo salvará el gobernador, al gobernador lo salvará el presidente, alguien se hará cargo… que uno no es mago después de todo.

En el gobierno se pelean unos con otros para ver quién tiene más poder entre los poderosos, y van y vienen con comidillas de chismes sobre lo mal que la pasa éste y aquél, y por suerte llega el fin de semana para descansar hasta el lunes. A eso le llaman gobernar. ¡Salgan a la calle muchachos, menos traje y más arremangarse!

Pobre Catamarca. Los dioses que se postulan gobiernan con humanas limitaciones, y un nivel de inutilidad a todas luces expuesto.

El Catucho